Esta es la visión de las ciudades como máquinas de hacer dinero, de transformar al pobre en no-tan-pobre, que es lo que atrae a ellas al ambicioso y al desesperado. Hay otras clases de visiones que comienzan, como muchas visiones urbanas lo han hecho, con un intento por ocuparse de la patología de la ciudad. El modernismo, después de todo, tuvo que ver con las nociones de higiene, probablemente más que con otras cosas.
Pero existen otras visiones menos tangibles que ninguna ciudad puede ignorar por mucho tiempo. En algunos casos son el reflejo de la manera en que se organizan las sociedades, lo que se entiende con mayor claridad como las manifestaciones de una identidad cultural. Es por ejemplo esa capacidad exclusiva de los japoneses de manejar el caos para transformarlo en orden, lo que tanto distingue a Tokio de muchas otras ciudades asiáticas más pobres con estructuras básicas similares. Tokio carece de una lógica urbana obvia más allá del gran vacío verde del jardín del emperador en el corazón de la ciudad. No tiene un sistema de numeración de calles y de domicilios racional, cuenta con un sistema de transporte subterráneo terriblemente atestado, y padece absurdos embotellamientos. Con todo ello, es una de las ciudades más elaborada y cuidadosamente organizadas del mundo. En cualquier otra cultura, tal estructura caótica se vería reflejada en un caos literal y externo. En Japón, los niveles de cohesión social aparentemente programados genéticamente convierten a la misma materia prima que se podría encontrar en un barrio marginal filipino, en algo totalmente distinto.
Una ciudad es un menú à la carte. Eso es lo que la distingue de un pueblo, que ofrece muchas menos opciones. En el fondo es la visión lo que le da a una ciudad un sentido compartido de sí misma. Una visión de urbanidad positiva tiene que basarse en garantizar que cada vez más clientes puedan acceder a dichas opciones. Y quizás se encuentre un tipo de confort psicológico en la idea de que una ciudad pueda todavía ser el producto de una visión y no de sus consecuencias no intencionadas.
Quienes buscan entender a la ciudad contemporánea tienen mucho que aprender de los novelistas y cineastas: los arquitectos y los urbanistas también cuentan historias, desarrollando un relato mucho antes de haber construido nada. Ofrecen una historia o, más frecuentemente, un mito de comunidad o de verdor, una imagen de modernidad o de tradición. Es la vista literaria de la ciudad de Dickens y Zola en adelante lo que nos permite entender sus matices de luz y sombra. Nos ayuda a comprender la naturaleza defectuosa pero rica de la vida de ciudad que no sobrevive a la respuesta convencional que se le da a la realidad urbana y que consiste en tratar de deshacerse del oscuro vientre de la ciudad. Si lo hiciera se pondría en riesgo el daño colateral de destruir las verdades cualidades que hacen que una ciudad funcione. Como resultado, la ciudad se convertiría en un pueblo, que no es lugar para los desposeídos y los ambiciosos, desesperados por escapar de la pobreza.
En Londres, la zona conocida como los terrenos de King’s Cross es una herida de cuchillo en la tela urbana que no ha cicatrizado desde el momento en que los canales y los ferrocarriles la abrieron a los comienzos del siglo diecinueve. Refleja la realidad de la vida de ciudad en su forma más brutal y extrema. Las prostitutas y los adictos comparten el pavimento con los empleados que se trasladan hacia y desde sus trabajos, orillando la vasta franja de canales y cobertizos atrapados entre Euston Road y las residenciales calles de Camden Town. O por lo menos solía ser así. La zona está en un proceso de desarrollo frenético que irresistiblemente recuerda a la transformación febril de este mismo pedazo de tierra retratado por Charles Dickens en Dombey and Son. Dickens capturó la dislocación surrealista de las casas dejadas a la deriva por los terraplenes del ferrocarril, y los caminos que no llevan a ningún lado.
Está sucediento casi lo mismo ahora. La enorme caja de cristal y acero blanco, torpemente agregada a la espalda de la victoriana estación de St. Pancras, destinada a la atención del ferrocarril de alta velocidad que sirve de enlace con París y Bruselas, está casi lista. Representa un proyecto de construcción en una escala que se puede comparar con aquella de los victorianos, aun cuando no refleje su confianza o ambición arquitectónica. Franquear la zona implica abrirse paso a través de nuevos viaductos que surgen del barro, grúas torre, viejos depósitos y gasómetros. El paisaje es de a ratos pastoral y de a ratos descuidado. Tal como se lo ve ahora, King’s Cross es un lío anárquico y salpicado de barro que revela las cambiantes placas tectónicas de la vida urbana. El nuevo King’s Cross va a ser un lugar amable, confortable donde los trabajadores que estén de paso puedan tomar su café con leche al salir del tren de camino a la oficina. Es el producto de una vista de la ciudad como organismo que es dócil y fácil de manipular, pero que nunca va a ser una ciudad en el sentido en que Dickens o Zola la entenderían.
Así como las ideas sobre las ciudades se basan en los tres grupos involucrados respectivamente con las teorías, las políticas y las prácticas, la realidad física de una ciudad es considerada por la Era Urbana como el producto de un conjunto interrelacionado pero igualmente distinto de temas. A éstos se los puede resumir como relacionados con cinco tópicos fundamentales. Uno es el espacio público, que se encuentra en el mismísimo corazón de cualquier definición de ciudad. Luego está el movimiento tanto en la ciudad como alrededor de ella. El espacio público sin la posibilidad de movimiento es como una mariposa muerta en una caja de exhibición: el movimiento significa acceso, que es el verdadero problema conectado con el espacio. Y el espacio tiene que ver tanto con lo simbólico y teatral como con lo técnico. Abarca no solo la capacidad, sino los mecanismos de la democracia también. Es tema de discusión que cuando Brasil creó su nueva ciudad capital, el plan maestro de Lúcio Costa abarcaba solamente la apariencia de espacio democrático, no su realidad ya que la vida urbana brasileña se quedó en Río y en San Pablo mas que en el gran mall verde de Brasilia. Hasta la hoja de higuera que representaba el espacio democrático en la capital nacional desapareció cuando el ejercito tomó el poder y estableció puestos con ametralladoras en los edificios oficiales de Niemeyer.
Otra clave para entender a la ciudad radica en sus barrios – los lugares donde viven sus habitantes. Y para vivir y mantenerse, está también la cuestión del trabajo. Para hacer todo esto posible, tenemos el problema intangible y a la vez vital de la seguridad. Para que la ciudad funcione en forma genuina, quienes la habitan deben sentirse seguros. La seguridad no es totalmente susceptible al cálculo racional. Es posible medir la seguridad a través del índice de asesinatos o por las poblaciones de las cárceles, pero las mismas estadísticas en ciudades diferentes sobre problemas similares tendrán consecuencias completamente distintas ya que disparan reacciones diferentes entre la población.
La ciudad es una interacción compleja de problemas y ambiciones moldeados por las decisiones diarias de sus ciudadanos así como por sus líderes políticos o sus funcionarios, aunque éstos están también regidos por la conducta del mercado. En el desarrollo de una ciudad, la participación de las empresas petroleras y de las fábricas de automóviles es tan significativa como lo es el rol de las instituciones financieras que hacen posible la construcción de viviendas. El desarrollo de la ciudad abarca regímenes legales y de inversión, así como ideas aparentemente simples como aspirar aire fresco sin tener que preocuparnos por sus efectos en nuestra salud y en la de nuestros hijos.
Una ciudad es una visión así como también un mecanismo, en el mismo sentido en que se concibe a los carriles para autobuses en Bogotá como un ideal para facilitar el movimiento de las masas y no como un sistema reglamentario negativo que obliga a los propietarios de vehículos privados a modificar sus hábitos. Una ciudad también es el producto de la innovación precipitada o de instrumentos financieros como por ejemplo las hipotecas residenciales introducidas en China en 1999, y la resultante ola de construcción de edificios de departamentos que éstas hicieron posible. Dados los costos y las obligaciones que vienen aparejados con los privilegios de la vida urbana, una ciudad es también un test de los límites del poder de la persuasión, como opuesto a la compulsión. Finalmente, una ciudad genuina sólo se trata de lo primero y no de lo último.
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